ESPECTACULOS  PAGINA/12

Miércoles, 13 de Mayo de 2009

TEATRO › MARIANO DOSSENA Y LAS HISTORIAS DE EL TIEMPO Y LOS CONWAY

“PALABRA, SITUACION Y VINCULO”
Así describe el director las cualidades que lo llevaron a elegir y montar una obra del inglés J. B. Priestley, que a pesar de haber sido escrita en 1937, no queda reducida a su época. “El tema no resiste fronteras estéticas”, dice.

 

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Mariano Dossena dirige un elenco mayoritariamente integrado por mujeres. Imagen: Rafael Yohai

Por Cecilia Hopkins.  Escrita por el inglés J. B. Priestley, estrenada en Londres en 1937, El tiempo y los Conway retrata los anhelos y frustraciones de los integrantes de una familia que vive en las afueras de Londres. Según anticipa el título de la pieza, con la idea de realzar los efectos devastadores del paso del tiempo, el autor intercaló entre el primero y el último acto –que transcurre durante una alegre velada, una vez terminada la Primera Guerra– un cuadro en el que se ve a los mismos personajes casi veinte años después, poco antes de comenzar la segunda gran contienda, sumidos en la desesperanza, a punto de perder todos sus bienes y la mayor parte de ellos, con sus ilusiones rotas. Así, el espectador puede asistir al fin de fiesta inicial con la ventaja de conocer de antemano el destino de toda la familia.

A pesar de las características de su estructura, su formato tradicional no hace de esta pieza un material demasiado frecuentado por los grupos de teatro. Además, los roles a representar son muchos: una madre, tres hermanas (la que sueña con ser escritora, la que muere muy joven, la que sólo desea casarse y la militante socialista) y dos hermanos, más amigos y pretendientes. No obstante, el joven director Mariano Dossena se animó a conformar el nutrido elenco (en el que se destacan Alcira Serna, Diana Kamen y Luis Gritti) para presentar la pieza en el Centro Cultural de la Cooperación, los domingos a las 20.30. Con una formación ecléctica (entre sus maestros figuran Juan Carlos Gené, Augusto Fernández, Rubén Szuchmacher y Luciano Suardi), Dossena recuerda este texto de Priestley desde que en la adolescencia lo leyó especialmente por su estructura, que lo aproxima al cine. Sin embargo, el aspecto decisivo fue otro. “Elijo una obra si me emociona y si a través de ella puedo contar algo de mí mismo”, precisa en una entrevista con Página/12. El director reconoce que, mientras estaba ensayando, les confiaba a otros teatristas el proyecto de su montaje y a muchos les parecía una apuesta fuera de época: “Me miraban raro, como si yo hubiese querido sacar a la luz una pieza de museo”, sonríe hoy. De alguna manera consciente de aquel peligro, para contrarrestar el efecto que también el tiempo pudo haber hecho con la obra, Dossena utiliza la traducción de Jaime Arrambide, que abunda en giros rioplatenses.

–¿Cómo eligió una obra que no tiene afinidades con las tendencias formales del teatro alternativo?

–Me decidí por un texto que podríamos llamar “clásico” porque vengo trabajando con autores muy sólidos en su textualidad, como Paul Auster o Marguerite Duras. Me interesa trabajar con la palabra, la situación y los vínculos. Y que exista una historia que contar. Me siento pleno a la hora de encarar un proyecto con el sostén de un texto potente: me gusta escuchar la propuesta del autor, que es para mí la materia prima del espectáculo.

–¿Cree que es difícil imponer en la cartelera una obra que está por fuera de las modas teatrales?

–En principio sí, porque sentí que era una propuesta un tanto alejada de lo que hay en el teatro independiente. Es una obra que cuenta una historia de época y de larga duración, más cercana, tal vez, a las que pueden verse en un teatro oficial. Pero a casi cuatro meses de funciones puedo decir que todo lo que pensé que tenía en contra, lo tuve a favor.

–¿Sigue vigente el tema de la familia en el teatro?

–Sí, tal vez porque es un tema que no resiste fronteras estéticas y en el que cada uno puede verse identificado o ver a “otros” en alguno de los caracteres que propone Priestley en esa familia tan particular. A veces me parece que los teatristas nos olvidamos un poco del público a la hora de pensar un proyecto, como si necesitáramos hablarles a otros colegas. Entonces el teatro se vuelve un hecho intelectual, una discusión teórica más que un hecho vivo, que entretiene y genera ilusión. Cuando veo obras solamente preocupadas por dialogar con el medio teatral, yo me aburro.

–¿De qué le habla esta obra al espectador de hoy?

–El tema más importante que maneja la obra es el de los deseos incumplidos y las oportunidades perdidas en la carrera por la supervivencia: los Conway toman malas decisiones, teniendo todas las posibilidades a su favor. La obra es una tanto cruel, porque los hijos confunden sus rumbos y porque todas las parejas que se forman tienen un final amargo. Pero está presente el humor, la ironía feroz, propia de J. B. Priestley.

–¿Cuál es su opinión acerca de las expectativas de la socialista de la familia Conway?

–Madge (Alcira Serna) es la mayor de las hijas, uno de los personajes más entrañables de la obra; es quien tiene los más altos ideales. Es una docente convencida de que, después de la guerra, la gente aprenderá la lección y “la civilización triunfará”. Los ideales incumplidos, el fervor apagado por la realidad, esto la vuelve reseca y resentida. Creo que podemos escuchar en ella la voz política de Priestley y el compromiso social con su tiempo.

–¿Por qué cree que el autor “mata” al ser más puro de la familia?

–En Carol está el mensaje más desesperanzador de la obra. En ella el autor quiso subrayar su mirada descreída sobre la condición humana: Carol sólo deseaba vivir, a diferencia de sus hermanos, que sólo anhelaban dominar.

–¿Qué representa el personaje del marido de la única Conway que se casa? ¿Se trata del capitalismo a ultranza?

–Sí, absolutamente, es el personaje diametralmente opuesto a Madge: a lo largo de la obra los veremos discurrir en cuestiones netamente ideológicas. Ernest es un yuppie de esa época que pasa de dominado a dominante y les hace tomar a los Conway de su propia medicina.

–¿Qué reflexión le merece la teoría que el hermano mayor explicita acerca del discurrir del tiempo?

–Esa teoría del tiempo es el leitmotiv de la obra. Priestley era un asiduo lector de J. W. Dunne, autor de Un experimento con el tiempo, donde exponía una concepción bastante particular: pensaba el tiempo como un espacio donde todos los sucesos de nuestra vida acontecen permanentemente, una línea imaginaria en la que los individuos nos desplazamos, pasando de una vivencia a otra. Lo bueno y lo malo, todo sigue transcurriendo ahí, en algún lugar. Así Priestley da a entender “luz y oscuridad” y que, cuando esto se comprende, “por el mundo vas tranquilo”, como decía William Blake.

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