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teatro // El tiempo y los Conway, de John Boynton Priestley, según Mariano Dossena
La Gran Guerra –esa que después fue bautizada como Primera Guerra Mundial– estaba llegando a su fin. Los horrores vistos y padecidos a lo largo de esos cuatro años imponían la necesidad de creer en la inmediata llegada de tiempos de paz y de progreso. Buenos deseos con poco o ningún asidero.La vida familiar de entonces estaba atravesada por lo que esa realidad generaba: el fin de la angustia y de la incertidumbre, el regreso de los varones que fueron al frente, el encaminarse a un futuro venturoso y de bonanza sin límites. En ese clima están los Conway cuando entramos en su casa. Es la fiesta por los 21 años de Kay, quien aspira ser escritora y, de alguna manera, parece ser quien enfoca este relato de su vida hogareña. La acompañan sus tres hermanas: la inocente y pequeña Carol, la bella –y muy confiada en su belleza– Hazel, y Madge, la mayor, maestra y socialista militante. También está la madre, una viuda que coquetea discretamente con los ajenos y distribuye arbitrariamente roles entre los propios. Faltan los hijos varones: Alan, un bonachón que tolera ser ensombrecido –si no humillado– por su madre, y Robin, el mimado de mamá que sólo brilla por la permanente y zalamera mirada de ésta. Y de quienes participan de la fiesta conoceremos a Joan, una señorita casi tonta de tan sencilla, a Gerald, un pretensioso pueblerino, y Ernest, oscuro y torpe amigo del anterior.El segundo acto nos lleva al mismo día, pero de 1937. Los Conway se reúnen en la casa materna ya no para festejar el cumpleaños de Kay, sino para buscar solución a la crisis financiera a la que han llevado los caprichos y las preferencias de la madre. El panorama es bastante desolador: nada queda del optimismo que les vimos en 1918. Todo indica que pronto habrá una nueva guerra. Todo indica que los sueños dieron paso a pesadillas. Pero el tercer acto nos devuelve a aquella luminosa noche inicial, como si en realidad se le hubiese permitido a Kay asomarse al futuro y ver las duras consecuencias de las decisiones desacertadas que toman sus familiares movidos por aquella simplona y eufórica esperanza.En su película Irreversible (2002), Gaspar Noé termina/inicia su relato con una tesis: “El tiempo lo arruina todo”. Sesenta y cinco años antes, Priestley comprobaba algo similar, pero como entonces no se había inventado la comodidad intelectual de la posmodernidad, no le achaca los males al paso del tiempo, pues los sabe y los asume como consecuencias de las elecciones y a las acciones de las personas, que se viven y yerran en el tiempo. Por esto es tan valioso volver a El tiempo y los Conway: no solo por su valor estético, su bello texto (en este caso, cuidado por la traducción de Jaime Arrambide), su fuerte y detallado entramado, sino también por devolvernos a un mundo de responsabilidades, donde las acciones y las decisiones tienen consecuencias. Donde, digámoslo, los seres humanos tienen la oportunidad de ser adultos. Elección, por tanto, valiosa y valiente la del director, Mariano Dossena, al proponerse hoy decir esto, cuando la peor plaga y la que más rápido contagia es el síndrome de Peter Pan, que no siempre incluye retoques faciales, pero sí o sí desemboca en el limbo ético de una irresponsabilidad falsificada.Suma este trabajo la honestidad desde la que fue encarado, el respeto con que se trata al texto, el adecuado vestuario de Julieta Fernández Di Meo y Nicolás Nanni, así como la escenografía sencilla pero suficiente de este último. De las heterogéneas actuaciones se destacan las de Alcira Serna como Magde, Diana Kamen como Joan y Luis Gritti como Alan.A los aciertos de Mariano Dossena hay que agregarle el uso de un espacio escénico reducido en el que supo disponer los movimientos del nutrido elenco.Encontrá la ficha artística y técnica y la información de las funciones de El tiempo y los Conway en este link a Alternativa Teatral

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