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El tiempo y los Conway ( Time and the Conways ), de J. B. Priestley. Traducción: Jaime Arrambide. Elenco: Mecha Uriburu, Luis Gritti, Alcira Serna, Gabriel Kipen, Victoria Arderius, Mariela Rojzman, Margarita Lorenzo, Diana Kamen, León Bara y Hernán Bergstein. Escenografía: Nicolás Nanni. Vestuario: Julieta Fernández Di Meo y N. Nanni. Luces: Pedro Zambrelli. Música original: Diego Lozano. Dirección: Mariano Dossena. En el Centro Cultural de la Cooperación, Corrientes 1543, domingos a las 20.30.
Nuestra opinión: buena

Lola Membrives la estrenó en Buenos Aires, en los años 40 del siglo anterior, con el título, algo pomposo, de La familia Conway, o la herida del tiempo . En el decenio siguiente, el Instituto de Arte Moderno tuvo su caballito de batalla en otra pieza de J. B. (John Boynton) Priestley (1894-1984), Esquina peligrosa , en cartel durante varias temporadas. Ambas obras conforman, junto con la trilogía Yo estuve aquí una vez , escrita en el decenio del 30, sobre el tema favorito del autor británico: el tiempo, su fluir implacable, sus mudanzas y las posibilidades de revertirlo, anticiparlo o, sin más, negarlo. Algo de todo eso recorre el diestro entramado de esta melancólica historia de la familia Conway, que es como el resumen de todas las historias de familia: inicio esperanzado, apogeo y decadencia. Sólo que Priestley introduce un ingrediente insólito: ¿sería posible que alguien, por simple azar o por un don específico, tuviera la posibilidad de asomarse, por un instante, a lo que sucederá, o -más complejo y más fascinante aún- a lo que podría haber sucedido? Mecanismo que, sesenta años después de la trilogía de Priestley, Hollywood desarrolló, en clave de comedia y con pasmosa tecnología, en la saga de Volver al futuro .

Teatro tradicional, sin duda, pero no por eso menos inquietante. Obra de un arquitecto eficaz e inspirado: sólida estructura en la progresión de las situaciones, hábil dosificación de humor y patetismo, diálogo brillante, coherencia y aguda observación psicológica en las caracterizaciones, y hasta un grano de sutil extravagancia, para confirmar el origen inglés. Son las virtudes de un autor clásico, y Priestley alcanzó holgadamente esa posición, como volvió a probarlo, años después, con otra pieza notable, Ha llegado un inspector (1946), cuya vigencia acaba de confirmarse en una espectacular puesta madrileña.

Hábil puesta en escena

No es fácil poner en escena esta dramaturgia tan rigurosamente construida, sobre todo con un elenco, en su mayoría muy joven, que debe registrar, precisamente, la usura de los años. En el crédito del también joven director Mariano Dossena deben anotarse, pues, la hábil utilización del espacio menor de la Cooperación, con una refinada síntesis plástica que logra recrear la atmósfera de la época (de 1919 a 1937) y el lugar, Gran Bretaña, entre las dos guerras mundiales, y, sobre todo, la conducción de un grupo bastante heterogéneo de actores, con desniveles inevitables, pero también con aciertos indudables, en especial en el área femenina.

Es destacable la traducción de Jaime Arrambide.

Ernesto Schoo

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