foto-la-musica-4-liviana.jpg

“La Música”: De la elegancia a la destrucción por Jimena C. Trombetta

“La música” de Marguerite Duras, dos personajes en escena, Anne Marie Roche (Victoria Arderius) y Michell Nollet (Alejandro Falchini), una ex pareja que se reencuentra; tiempo para esperar, mucho para decir y mucho para negar. Esa es la historia que Mariano Dossena elige llevar al teatro. Una obra de gran oscuridad, con varios cambios de iluminación que hacen transcurrir la temporalidad. Un teléfono negro, dónde sus respectivas actuales parejas llaman y dan muestra de su preocupación. Una obra silenciosa dónde un reloj de pared, nunca visto, suena marcando las horas. Desde las siete de la noche hasta las dos de la mañana es el encuentro. Celos, controles, arrebatos y destrucción que ni los personajes comprenden. Allí la música. Una música que no se encarna en melodías, sino en la interpretación que Duras realizaba sobre la misma, la música como la destrucción dónde el proceso es infinito, donde los climas varían, van y vuelven una y otra vez.

La puesta en escena, altamente realista, representa la habitación de un hotel, la escenografía en tonos beige y marrones que le imprimen al espacio un tono opaco y neutral. Un televisor que ella prende y comienza a dar “El Ciudadano”. Ellos vestidos de época. El vestuario propone representar la moda de aquél entonces, en esa clase media alta que rescata la elegancia y la buena educación, antes que la destrucción comience a notarse en sus rostros.

El manejo del gesto en los actores será el instrumento que hará crecer la tensión de la acción. Si se pudiera sintetizar en pocas palabras, la graduación aumenta en el transcurso del tiempo. Y, así como la iluminación acompaña los climas, el gesto acompaña el desarrollo del conflicto. Pero el gesto antes que nada, junto al tono y al movimiento arman el personaje, construyen su vida, su rango social, su filosofía, su carácter.

En el transcurso de la obra, el conflicto se transmite al espectador no sólo desde lo que ve, sino también desde lo que no ve, oculto por los apagones de luz, que además de marcar el paso del tiempo, marcan cierto suspenso, no a nivel de la acción, sino a nivel de las emociones. Esa graduación de tensión y transformación del rostro, se desenvuelve de escena en escena. Los cambios de lugares dentro del espacio escénico, le hacen notar al espectador ese cambio. ¿Y cuál es ese cambio? La evidencia de la destrucción. La destrucción de los modales, de lo racional, los restos de la pareja y hasta parte de la escenografía que sólo se mueve en un arrebato.

Entonces, así como Orson Welles propuso la destrucción del primer matrimonio de Charles Forster Kane por medio de un sumario de desayunos donde la pareja se desgasta, la obra propone a dos ciudadanos, que aún separados todavía tienen algo más que denigrar: el recuerdo.

Anuncios